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miércoles, 3 de febrero de 2016

Más sobre literatura y falsedades históricas



Podríamos contemplar, seguramente entre otros muchos, dos tipos muy enfrentados de ficción novelesca: el tipo que expone la realidad sin mentir sobre sus detalles y sus coordenadas histórico-políticas y presenta peripecias existenciales que intentan interpretar el mundo (o una parte de él) desde un punto de vista filosófico, y el tipo que obra torciendo hechos y tergiversando detalles sobre la realidad para conformar una ideología. Del primer tipo serían, entre las mejores novelas, El Quijote o La Montaña Mágica. Del segundo, buf, mares de ficciones tediosas, pero también excelentes, reconocidas y alabadísimas ficciones de talentos literarios como los de Dickens y Victor Hugo. Dos de los novelistas más leídos en el mundo desde la publicación de sus obras hasta hoy.
Pero qué manera de conformar la visión del mundo contemporáneo a partir de sus prejuicios de clase y sus fobias políticas anti-progresistas y anti-industrialistas que se mueven, sin perjuicio de su calidad expresiva, entre el folletón inverosímil y el panfleto grosero:...

Para urdir el potente patetismo de Los Miserables todo está sacado de quicio (para empezar, la condena de Jean Valjean era imposible en su época porque a la sazón su delito no estaba perseguido por la justicia y sí reconocido y registrado como robo por hambre; una falta completamente atenuada). Asimismo, para diseñar el paisaje sentimentalista de masas de obreros alienados y, sobre todo, muy, muy sucios y ennegrecidos Dickens pensó antes en cómo tocar la fibra sensible de las señoras solidarias y de los conspiradores profesionales de nuevo cuño, denigrando de paso la Revolución Industrial, que en la estricta observación de la realidad (la mejora de las clases pauperizadas en la Inglaterra de la época fue sustancial, y especialmente en lo que respecta a la higiene, a pesar de la dureza del trabajo). Dos visiones caricaturizadas del mundo que han quedado en el imaginario colectivo… y que son, básicamente, falsedades. Eso sí, como dicen, maravillosamente escritas.      

viernes, 29 de enero de 2016

"Anábasis de Alejandro Magno" (II)



Después de buscar conciliaciones en Grecia, especialmente en Atenas, no sin ciertas exigencias, Alejandro regresa a Macedonia e instaura un concurso de juegos semejante al de Olimpia; en ese momento, una estatua de Orfeo en Pieria empezó a sudar sin pausa. El adivino Telmiso dijo a Alejandro que eso era signo de las dificultades que iban a tener los poetas para celebrar todas las hazañas futuras del conquistador. Cuando pisa Eleunte, a orillas del Helesponto, cerca de la antigua Troya, simboliza con un rito que él es el nuevo héroe -real- de la lucha de Grecia contra los bárbaros de Oriente:


“(…) se dirigió al Helesponto (…) al frente de treinta mil hombres, entre infantes, tropas ligeras y arqueros, así como algo más de cinco mil jinetes (…). Atravesó el Estrimón rebasando el monte Pangeo, para dirigirse a Abdera y Maronea, dos ciudades griegas asentadas junto al mar. Desde aquí se encaminó al río Hebro [donde, cuenta el mito, fue arrojada la lira y la cabeza de Orfeo], que cruzó con toda facilidad, y desde allí al río Negro a través de Petice. (…) Una vez en Eleunte, ofreció un sacrificio sobre la tumba de Protesílao en honor de este héroe, el primero, según se creía, que había desembarcado en Asia de cuantos griegos acompañaron a Agamenón en su expedición contra Troya.”

jueves, 28 de enero de 2016

"Tempestades de acero" (II)



Gestos de pudor ante la propia muerte. Ademanes que atraviesan el tiempo. César, un soldado anónimo…:


“ (…) Dentro de un embudo se retorcía un hombre joven; en su rostro había ese color amarillento que precede a la muerte. Nuestras miradas no parecieron agradarle; con un movimiento de indiferencia se cubrió la cabeza con el capote y dejó de moverse.”

martes, 26 de enero de 2016

Poemas al box (VII)




Golpeaba como si fuera un llanto,
y cada golpe me llenaba
con más incomprensión casi por todo.

Vaciaba el agua negra
de en el pecho un naufragio. 

Pero había unos ojos
de un insondable amor ahí arriba
a los que nunca, nunca, podía llegar.

Eran la llama
que iba a salvar a mi ceniza.

Alzando el vuelo, deslumbré.
Pero nunca, nunca, llegué.

Mas líbranos del mal...