Haydn sugiere una lucha íntima en esta
sonata como pocas veces lo hace en su extensísima producción. Un drama que
alcanza un equilibrio sobrecogedor en la contención de lo patético. El segundo
movimiento que aquí traemos expone con soberana elegancia el contraste entre
dolor y gracia. La parte central de este adagio tripartito se va a la dominante
(un angustioso si b) y despliega un diálogo de una eficacia tan transparente
(¡qué belleza!) que las partes extremas del movimiento parecen casi brumas
sonoras, pero son en realidad de una imaginación tan controlada y concentrada que no se puede creer. Beethoven se alimentó de esto y de aquí partió hacia sus
esforzadas gravedades.
No he oído interpretación mejor que la de Brendel.
La impregnación y comprensión del espíritu de esta música se muestra insuperable.Translate
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jueves, 19 de mayo de 2016
domingo, 6 de marzo de 2016
"Lo que pida el hierro."
Hace unas décadas le encargaron a un herrero
riojano de Bañares una reja nueva para una capilla de la catedral de Burgos. Le
pagaban bien y no le pusieron fecha límite. Pero pasaba el tiempo y no acababa
la tarea. Siguió transcurriendo el tiempo y, aunque el artesano trabajaba
entregado por completo a la obra, ésta no veía su fin. Al final fueron unas
personalidades enviadas por el cabildo catedralicio a ver qué pasaba. Le
preguntaron que cuándo iba a acabar la reja y el artesano respondió: “¿Yo?...
lo que pida el hierro.”
La entrega al trabajo, el gusto por lo
bien hecho, el olvido de sí, el aprendizaje constante, el no dar nada fácilmente por acabado… “Lo que
pida el hierro”. Qué gusto; qué digno.
viernes, 16 de mayo de 2014
F.J. Haydn (III)
La apertura a las nuevas sonoridades, aparentemente tan
propia de la música contemporánea, de hecho tuvo lugar durante el s. XVIII
gracias a toda la extraordinaria pléyade de compositores conocidos y no tan
conocidos, especialmente sinfonistas, que reunió ese milagroso siglo musical. Y
entre ellos, claro, el más innovador de todos, nuestro querido F.J Haydn.
Haydn fue el rey de los nuevos espacios sonoros orquestales.
Espacios sonoros conformados a base de combinaciones instrumentales muy
sencillas e indicaciones de movimiento y matiz perfectamente meditadas. Las
texturas sonoras logradas por el compositor de Rohrau a partir de sus
investigaciones en esa línea han sido inspiración y envidia permanente para todos
los compositores posteriores que quisieron seguir practicando (pobres) la forma
sinfónica.
La belleza contemplativa de su sonido, su sesgo parcialmente
sublime, es lo que ha llevado a la tradición a considerar estos momentos
musicales como Sturm und Drang. Pero sería
más adecuado que lo entendiéramos como un S-u-D
inconsciente y prematuro. Prematuro al ser templado por la exigente convención
de una elegancia clásica que nos lleva a un terreno de narratividad y forma
suspensiva, desvinculada de todo, inexistente hasta entonces, al menos de esa
manera tan radical.
Haydn, que es todo invención formal, encaja estas
sonoridades en la peripecia de su drama sonoro con el ensimismamiento y la
contemplación de un afecto conflictivo y extraordinariamente posesivo. El
desarrollo musical es detenido y la atención del oyente es robada hasta un
momento extático. La articulación de la música y el sentido de su dirección
sufren el colapso de la pura sonoridad. Y tras su primera y deslumbrante
aparición (veamos el ejemplo del Adagio
de la Sinfonía 61) la forma sonata
del movimiento queda tocada y va a ser conformada por ese momento inolvidable,
hacia el cual se va a dirigir todo el material musical como se dirige inexorable
el pecio en la espiral de un sereno torbellino hacia su centro. En este Adagio aparece
en los m 1:50, 2:18, 5:55 y 6:22:
https://www.youtube.com/watch?v=-XyD-uRuCJQ
sábado, 18 de enero de 2014
F. J. Haydn (II)
Tras casi una década sin
escribir cuartetos y después de la extraordinaria serie de los op. 20, Haydn
volvió al género con lo que según él era “una manera nueva y particular”.
Independientemente de la
publicidad que el compositor se hacía a sí mismo, lo cierto es que la serie de Cuartetos op. 33 suponen otra vuelta de tuerca en la ampliación del nuevo
estilo aplicado al género camerístico principal, el cuarteto de cuerda.
Riqueza rítmica, especulación
armónica y, a la vez, la simplicidad de una inspiración próxima a lo popular definen
estas composiciones. El encuentro entre los aires sencillos que estaban en la
memoria de la gente -lo que se silba sin saber muy bien por la calle, vamos- y la
destilación de un estilo que progresaba en la conquista de una expresividad más
diáfana, ciertamente, era una manera particular y novedosa.
En los op. 33, la unidad que
se despliega en lo múltiple y lo múltiple gravitando hacia la unidad formal se
hace fenómeno más transparente que en los anteriores cuartetos. Y tal vez
cierta sequedad astringente que asoma en algún movimiento o en algún pasaje no
es más que el fruto de un esfuerzo de depuración que sacrifica el alarde por la
exigencia de estilo.
Esto último se observa ya
claramente en el primer movimiento del número 1 de la serie.
Este Allegro moderato, que empieza en re mayor, pero enseguida pasa a si
menor, su tonalidad definitoria, nos mantiene en un juego armónico vacilante
que se despliega feraz en el control de lo dramático hasta el final, pero sobre
todo nos interpela y nos deja tiesos desde los primeros compases por el
magistral cruce de voces principal y secundaria: ritmo pujante y enigmático de
un acompañamiento y una melodía que en cuestión de segundos se metamorfosean
uno en otra y la otra en uno. La operación está hecha con tal elegancia y con
un material musical tan deliberadamente parco que el resultado es,
efectivamente, aquella grandeza compositiva de la que hablaba en el post anterior dedicado a este compositor:
sábado, 9 de noviembre de 2013
Grandeza. F.J. Haydn (I).
Si, como dijo Thomas Mann en su Doctor Faustus por boca de
Adrian Leverkühn, el Clasicismo musical es grandeza, F.J. Haydn sería el
representante más puro de esa grandeza. Digo “puro” entendiendo el concepto no
como la perfección satisfecha, sino más bien como una energía particular que ha
conseguido un estado de exposición exacta. La música de Haydn es el estado de
esa energía mostrando claridad de ideas y profundo orden interno. Ningún otro
compositor, aparte de Bach a su manera, ha revelado nunca ese tipo de compromiso formal.
La compleja mente de Haydn se ve obligada a ejercer un
constante control sobre la expresión para que en ningún instante se pierda, por
exceso, esa fabulosa energía de la que es capaz. Despojamiento.
Su orden geométrico y su simetría (muchas veces alterada por
mor de la diversión) se desenvuelven con tal necesidad armónica,
contrapuntística e instrumental (las sonoridades y tejidos tímbricos son
absolutamente únicos hasta hoy) que sin que nos demos cuenta nos llevan en
volandas sobre suaves andantes de ritmos pulsátiles a extremos emocionales
inesperados.
Y tal llega a ser su objetividad que podríamos decir,
siguiendo a Stravinsky, que es el músico del tiempo ontológico real, esto es,
que su música permanece, se desarrolla y quiere encajarse en lo estable del
‘tiempo auténtico’. El tiempo de una inteligencia reflexiva que busca sus
límites en la transparencia del aquí y ahora.
A menudo se ponía a prueba comprobando las posibilidades de
realización de un material sonoro casi siempre encantador, pero selectivamente
parco, ingenuo, evidente, a veces pobre. Su energía no necesitaba más. Y ese
material lo desarrolla y combina entre la seriedad y la ironía, facultad que le
distancia del ‘yo’ creador mediante un sutil juego de alusiones, hasta que decide
llegar, quizás por un momento y no de forma definitiva (con Haydn ‘nunca se
sabe’), a un estado de franqueza paralelo al tañido de una campana en un
amanecer de primavera. Es ahí cuando el discurso del yo creador se encuentra
con la objetividad.
Es una gracia poco común en un compositor. Tal vez por eso
la extrañeza o distancia que puede provocar su música. De hecho, nunca seduce
con artimañas, nunca adula al oyente o le pone las cosas fáciles; sólo le
invita a entrar en su juego. Un juego musical para adultos serios con ganas de
divertirse.
Un pequeño ejemplo de su sabiduría, entre otros cientos, se
puede encontrar en este tercer movimiento (Adagio cantabile) en mi bemol mayor
de la Sinfonía nº 68 en si bemol mayor.
Aquí, el efecto reloj tan haydiniano del acompañamiento,
capricho obsesivo que estalla en intervalos irregulares, se acaba fundiendo con
una melodía de los violines que empieza insinuándose irónica y sutil y se
libera luego como expansión áulica de innegable nobleza. El adagio entonces se
transforma en un andante irresistible hasta que vuelve al primer tema
transfigurado para llevarnos otra vez al bello tutti. El finale-presto en 2/4,
danza campesina despachada con un brío percutivo casi brutal entre el rondó y
la variación, nos depara una humorada final absolutamente deliciosa.
La naturalidad y espontánea vitalidad que transmite esta música es resultado de un complejo, constante y esforzado decantamiento compositivo que dio, al fin, con ese ‘estilo’ que definíamos antes como grandeza.
La naturalidad y espontánea vitalidad que transmite esta música es resultado de un complejo, constante y esforzado decantamiento compositivo que dio, al fin, con ese ‘estilo’ que definíamos antes como grandeza.
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