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jueves, 3 de abril de 2014

Educación y verdad


Adolescentes cercanos a la mayoría de edad que han probado ya todo lo que les prohíben y que alardean de haber visto todo tipo de crueldades y violencia explícita en la ficción del cine y de sus sangrientos videojuegos (y en algunos casos también en la difícil realidad de sus familias) me han reprochado –ciertas muchachotas, incluso con lágrimas en los ojos- mi “crueldad” por obligarles a ver documentales con imágenes reales de los campos de exterminio nazis y entrevistas a los supervivientes. Algunos amenazan, además, con ‘contárselo’ a sus padres. Me lo imagino: “fíjate papá lo que nos explican en el instituto”.

Claro, antes de eso decían conocer el episodio histórico porque habían visto películas como El niño con el pijama de rayas o El pianista, y alguna otra, da igual la que fuera. Y, desde luego, también habían llorado con ellas, cómo no. Pero el llanto era diferente. Era el llanto iniciático, cómodo, encantador, cultural, estético y kitsch, tan perfectamente redondeado y suave, con principio y fin bien delimitados, con el que se inician ahora en los saberes de otras realidades que no son la suya.
Una educación tendente al rebajamiento de la exigencia, a la adaptación a la pluralidad de las personalidades (o sea, propiamente a la idiotez pluralizada), a la protección, a la ocultación de la verdad y al entretenimiento ha ido consiguiendo con los años (nunca del todo, afortunadamente) el diseño de alumnos atrapados en una realidad tan inmediata y monótona como estandarizada por una ficción que, paradójicamente, apuntala los altos muros de su angosto espacio reflexivo y vital.
Con las imágenes y los testimonios reales del Holocausto ya no sentían pena, la pena vicaria y deleitosa de la ficción, sino que se sentían incómodos, molestos, golpeados. Esa es la palabra: golpeados. Su mullida y fácil educación estaba entrando en el terreno del maltrato. Porque esos testimonios -los mencionados documentales- permanecen en la memoria y obligan a pensar sobre ellos o... a borrarlos de la mente, y el hecho de intentar borrarlos ya es un intencionado ejercicio mental al que no están acostumbrados.

No hay educación auténtica que no golpee las conciencias de alguna forma. Es preciso arrancar a los jóvenes de la noria del proteccionismo psicopedagógico donde quieren meterlos. Hay que salvarlos de la triste ficción de su realidad educativa (sí, esa contradicción, ficción en la realidad) e inquietarles el alma poniéndoles en un estado de tensión al mostrarles la verdad. En un estado de peligro. La verdad, con su incomprensible horror (como éste del que parte el artículo) y con su infinita belleza (de la que hablaremos otro día). Y esta tarea, como antes decía, nunca está perdida porque siempre hay algo en el adolescente que no se deja encauzar del todo, esa parte de inteligente sensibilidad no domeñada. Intentar protegerla de la intemperie y la realidad del mundo es ofenderla porque es rebajarla.

miércoles, 26 de marzo de 2014

El escudo


El denuedo físico del boxeo implica la exaltación del vencedor y el silencioso olvido del perdedor. Pero el vencedor lleva en su corazón la inquietud de la premonición de una derrota inevitable, la cual se hará más y más presente e intensa cuantas más victorias acumule.
La proeza física, tan evidente, del luchador imbatido se irá cargando de un peso que acusa, mucho más que su castigado cuerpo, un alma acosada por el triunfo; circunstancia que puede durar, pero que jamás permanece.
Como los guerreros antiguos, el boxeador expone su cuerpo considerándolo un escudo cuyo emblema es la resistencia. Y esa resistencia es en el fondo la defensa de su alma trémula.

El espectáculo violento de un combate de boxeo es la desesperada protección del espíritu inseguro.

domingo, 23 de marzo de 2014

Gómezdaviliana (XII)


Sobre mito, dioses y emoción:

"No importa que el mito perezca si reconstruimos ese universo que lo tiene por idioma.
Que mueran los dioses, pero no ese temblor de las hojas donde nacen."

domingo, 16 de marzo de 2014

La canción de la serie; "Far from any road".

No paran.  True Detective. El verdadero espectáculo a la americana de hoy día. Cóctel de policiaco, thriller, terror y drama sureño ontológico; sí, ontológico; a su manera, claro. Un pastiche imposible. Se diría que con esos mimbres el ridículo es seguro. Pues no, en algún momento lo roza, pero no. Es el respeto a la tradición literaria y cinematográfica de los que ahora hacen series en EE.UU.
Ésta es una de ocho capítulos que deja caer algunos de los diálogos más delirantes y a la vez absorbentes que he oído recientemente en una pantalla; que estructura un virtuosismo narrativo perfectamente impecable; que acongoja por su existencialismo decadente de sombría fotografía panorámica y sorprende por dos ‘veteranos’ actores protagonistas que confirman que son mejores de lo que se habían mostrado en el cine. 
Pero no quería hablar de la serie.  Sólo quería poner la canción de los créditos de inicio.

Balada del viejo folk yanqui que te pilla por la reiteración, las voces y una letra que no tiene mucho que ver con la trama de la serie (es más bien una poética y alucinada balada del peyote), y que queda fetén con las imágenes de la entrada. Con estos dos primeros minutos, ¿cómo no vas a continuar con lo que sigue?:

miércoles, 12 de marzo de 2014

"No sentiste crisálida aun el peso del aire..."


El problema del malditismo sublime es su repetición. Sin el gesto real del suicidio efectivo se convierte en una reiteración, o sea en una impostura.
Leopoldo María Panero permaneció casi siempre en ese espacio de luz fúnebre que está entre la vigilia atormentada y el gesto definitivo simulado, y corrió el riesgo de convertirse, como dijo su hermano pequeño, en un pesado.
Sin embargo, creo que escribió algunos poemas meritorios por sinceros, hirientes… hasta por visionarios; piezas que intentan refulgir como el relámpago en la noche oscura del alma y que consiguen transmitir el temblor de una vida errada e imposible. Lo del temblor es una virtud rara de la poesía.
“La vida no se puede vivir”, dijo una vez. Y en el poema El loco escribía:
“(…) Y sólo pude pensar que de niño me secuestraron para una alucinante batalla
y que mis padres me sedujeron para
ejecutar el sacrilegio, entre ancianos y muertos.
He enseñado a moverse a las larvas
Sobre los cuerpos, y a las mujeres a oír
Cómo cantan los árboles al crepúsculo, y lloran.
Y los hombres manchaban mi cara con cieno, al hablar,
Y decían con los ojos “fuera de la vida” (…)
He vivido los blancos de la vida,
Sus equivocaciones, sus olvidos, su
Torpeza incesante y recuerdo su
Misterio brutal, y el tentáculo
Suyo acariciarme el vientre y las nalgas y los pies
Frenéticos de huida.
He vivido su tentación, y he vivido el pecado
Del que nadie cabe nunca nos absuelva.”

Es un poema con algunos versos poderosos por verdaderos. Como veraz, miserable y luciferino (mezcla meritoria, sin duda) es éste que siente terriblemente el juego del amor de esta manera (Diario de un seductor, titula):
“No es tu sexo lo que en tu sexo busco
sino ensuciar tu alma:
desflorar
con todo el barro de la vida
lo que aún no ha vivido.”

¿Loco? No tanto; ni siquiera por el fatigante juego teatral. Recordemos lo que deseó en un verso olvidado sobre los que fueran a ver su lápida:
“(…) que puedan un día decir sobre este frío

que no estuve loco.”

lunes, 10 de marzo de 2014

Madrid, 11-III-2004. Da Pacem.

Mañana se cumplen diez años del atentado terrorista que mató a 191 personas e hirió a 1.856 en Madrid.
Cada año se interpreta en memoria de los muertos la obra Da Pacem, un encargo de Jordi Savall al compositor estoniano Arvo Pärt.
Pärt recibió el encargo para los actos de un evento cultural dos días antes del atentado y acabó componiendo la obra como homenaje a las víctimas.
La pieza se basa en la antigua antífona gregoriana Da pacem, Domine (‘Danos la Paz, Señor…’), y Pärt, devoto recreador de la música antigua, consigue evocar, a base de extensas resonancias interválicas, el paso de un icono sagrado.

Se trata de detenerse y recordar con dignidad a los muertos. A todos nuestros muertos. Y de llorar por ellos.