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sábado, 19 de abril de 2014

Domingo de Resurrección, BWV 4.

La BWV 4 es una de las cantatas tempranas de J.S. Bach para el Domingo de Resurrección.
La segunda estrofa (el tercer movimiento de la cantata), un dúo entre soprano y contralto, es una de las concentraciones extáticas más sobrecogedoras de las obras religiosas de Bach. No se canta la resurrección todavía, sino que se reconoce el triunfo de la muerte: Den Tod niemand zwingen kunnt (Nadie contradice a la muerte), canto que deriva de una secuencia medieval dedicada a la víctima pascual.  

La relación de lenta caída entre dos intervalos de medio tono separados por una tercera mayor descendente marca todo el movimiento y, de hecho, toda la cantata (es una cantata coral que mantiene monótona la integridad estilística del género luterano).
Bach retiene la expresividad de la música creando un estatismo rítmico y melódico a base de contenciones, ecos, repeticiones, paralelismos y juegos interválicos entre las dos voces que suspenden la emoción del oyente rindiéndolo perplejo hasta el Aleluya final. Impresionante. 


Esta sutilísima versión de Masaaki Suzuki con el Bach Collegium de Japón es la mejor que he oído nunca:

viernes, 18 de abril de 2014

Viernes Santo



“Πόθεν εί σύ; ὁ δὲ Ἰησοῦs ἀπόκρισιν οὐκ ἔδωκεν αὐτῳ”-
“Unde es tu? Iesus autem responsum non dedit ei.”-
“¿De dónde eres tú? Jesús no le dio respuesta.”- 
(Juan 19, 9)       

(Imagen: Enguerrand Quarton; Piedad de Villeneuve-les-Avignon, h. 1455.)

miércoles, 16 de abril de 2014

La grande malinconia

La cosa es que en Roma todo y todos se confrontan con el tiempo. Siempre hay algo más antiguo que está ahí. Se confrontan con el tiempo los que van de paso, los visitantes y los residentes. Esta especial circunstancia la aprovecha el director de la película La grande bellezza hasta convertirla en una estética total. La convencional estética de lo perdido, de lo que podía haber sido (¿otra realidad?), de lo que debería haber sido (¿alguien lo sabe verdaderamente?) y, en fin, de una vanitas itineris general.
En Roma la melancolía de lo que fue es condición sin la cual no habría Roma, pues evoca, seguramente más que ninguna otra ciudad, la brevedad vital y la fatuidad del hombre al intentar engañarla. La Ciudad Eterna.

El protagonista del largometraje -encantador, indolente y cínico, aparte de excelente rostro cinematográfico- vive en un ático frente al Coliseo y mece sus decaimientos y ensoñaciones en la hamaca de una inmensa terraza donde convoca fiestas para maduras buenorras y vejentones rijosos que necesitan, desesperadamente, borrar el tiempo.
¿Y cómo borrar el tiempo bailando pachangas de Rafaella Carrà frente al bimilenario Coliseo, observando performances idiotas bajo el acueducto Aqua Claudia o inyectándose botox colectivamente en un palacio barroco lleno de fastuosos murales desconchados? Así avanza la película, entre patetismos, bromas y personajes inspirados o tomados directamente de películas de Fellini y Vittorio De Sica. No es original ni creativa, ni crítica ni emocionante, ni especialmente bella (las simétricas postales romanas recuerdan demasiado al cine pomposo de Peter Greenaway; de la tópica música acaso lo mejor es Arvo Part, o quizás el The Lamb de John Tavener, por no decir los mix de la Carrà) , y tampoco creo que el realizador lo pretendiera; pero la combinación de todos sus elementos (a veces tan graciosamente heterogéneos como errados: p. e., el truco de la monja centenaria no funciona) es como una droga de aparente baja intensidad que sin embargo va entrando en sangre y sin avisar te coloca exactamente en el lugar que -imagino- el autor quería: no nos podemos identificar con esos personajes de vida regalada cercanos a la decadencia final que vienen y van por la pantalla, pero resulta que nos estamos viendo, ¡ay!, a nosotros mismos en ese extraño caleidoscopio de pasado y presente, a pesar de ser mucho más jóvenes que ellos. Desde que la he visto, cagüen diez, me arrastro con grande malinconia y poca bellezza .

Este tráiler sintetiza muy bien la película:


domingo, 13 de abril de 2014

Lo previo a todo


Una de las verdades elementales del boxeo es que en la vida la lucha se presenta previa a todo.
La lucha es previa a la noción de civilización, a la fundación del artificio, a la amistad y al amor.
Sin la lucha, que muestra la capacidad vital y la voluntad de supervivencia de un hombre, no puede haber una comprensión cabal de eso que llaman estar en el mundo y tener los pies bien asentados en el suelo.

Afortunados los que han tenido la experiencia, hayan sucumbido o hayan triunfado en el combate, porque si bien tal vez no han podido evitar sentir el dolor más agudo y la soledad más irrevocable (¿y quién puede?...) sí han desterrado de su vida la arbitrariedad y el sinsentido.  

miércoles, 9 de abril de 2014

K 260, el don de la ebriedad.

Decía el musicógrafo Charles Burney que Domenico Scarlatti empezó a encontrarse verdaderamente a gusto como compositor cuando ya instalado en España se dedicaba a… “escuchar las tonadas y canciones que cantaban carreteros, muleros y gente corriente” (especialmente en Sevilla y en Madrid). Uno se imagina al músico bebiendo, jugando (hoy, en nuestra época clínica y gazmoña, sería catalogado de enfermo ludópata peligroso) y arruinándose una y otra vez en tugurios de mala nota entre tipos no precisamente amables, y siendo rescatado una y otra vez por María Bárbara de Braganza, su protectora regia, la persona más absolutamente incondicional del genial napolitano.
Sí, Scarlatti fue reconocido como hombre mundano, y no lo ocultaba. Y sus sonatas para clave, está claro, se aprovechan de manera absorbente de la música popular española, especialmente de la andaluza hasta en sus más nimias particularidades de sonidos, giros y caprichos, haciendo de lo innecesario virtud musical, consiguiendo que los ostinatos y ornamentos se conviertan en elementos estructurales, en una arquitectura completa. Pero el toque genial -el ‘toque escarlati’ superior- tiene lugar cada vez que entra en una de sus imparables espirales de modulaciones.

Es lo que ocurre en la sonata K 260, en la que el compositor no se conforma con vertiginosas escalas y esquemas rítmicos obsesivos de siete y seis notas que cual repiqueteo de castañuelas de fandango se van imponiendo hasta hacernos dar vueltas la cabeza, sino que nos vuelve ebrios del todo con el despatarrante juego modulatorio que apresa la sonata en los minutos 1:47, 2:45 (segunda parte de la sonata en la que empieza a ser intenso), 4:15 y, finalmente, 4:50. Especialmente en esos momentos desaparece cualquier variedad temática y la pieza se tranforma en pura propulsión modulatoria. Fíjense y no se lo pierdan. Borracho perdío, el tío (en la primera copia publicada de sus sonatas escribió “Vivi felice”, o sea, “Vivan felices”). Pues eso: