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jueves, 12 de junio de 2014

Gombrowicz y el Catolicismo


El anticonvencional y demoledor Gombrowicz, el buscador de la vida desnuda en su inmadurez perpetua, el desvelador de poses intelectuales estériles y denunciador de conciencias falseadas, el retratista de lo incompleto y lo fracasado, el humorista disolvente de la adultez… el incansable fugitivo de la forma hecha, en fin, encontró a principios de la década de 1950 en el Catolicismo, ¡quién lo diría!, un ámbito cultural afín a su sensibilidad. Así, escribe en su diario:

“(…) Me une [al Catolicismo] su perspicaz presentimiento del infierno contenido en nuestra naturaleza y su temor ante la excesiva dinámica del hombre. Observando a un católico me doy cuenta de que en ciertos aspectos me he vuelto más cauto. Lo que en la orgullosa época de Nietzsche se consideraba como abjuración de la vida dionisíaca, justamente esa cauta política del Catolicismo ante las fuerzas innatas, se me ha hecho más próxima desde que la voluntad de la vida, llevada a su máxima tensión, ha comenzado a autodevorarse. La Iglesia se me ha hecho más próxima en su desconfianza hacia el hombre; mi aversión hacia la forma, mi deseo de escapar de ella, la constatación de que “todavía no soy yo”, que acompaña cada uno de mis pensamientos y sentimientos, coinciden con su doctrina (…)”


De todo este fragmento destaca esa última percepción de coincidencia con el Catolicismo en la visión de lo que no está cerrado, en ese “todavía no soy yo”, que quiere decir que nunca alcanzaré un ni seré un ‘yo’ como algo definitivo, sabido y muerto. Precisamente, la ‘forma’ de concebir la vida y el hombre que tiene la Iglesia como ‘falta de’ o ‘incompleto por’ es también, aun desde otra perspectiva, lo que vigoriza la singular obra del insobornable Gombrowicz y lo que le permite seguir reflexionando sobre sus angustias, a veces de una manera demasiado desgarrada quizás por la ansiedad de lo provisional, pero sin impostaciones culturales de ningún tipo y con una sinceridad desarmante.

domingo, 8 de junio de 2014

"Maravilla" Martínez contra Cotto

En combate disputado ayer en el MSG de NY por el peso medio del Consejo Mundial de Boxeo, Sergio Maravilla Martínez, uno de los mejores boxeadores de las últimas décadas, con un palmarés de imbatibilidad excepcional, se encontró al fin con su Ananké, la inevitabilidad de su destino. El portorriqueño Miguel Cotto fue el encargado de personificar su fatalidad con una lucha de continuo castigo que obligó al argentino a decidir la retirada tras el noveno asalto.
Antes del encuentro, Maravilla Martínez aseguró que si perdía abandonaría el boxeo.

La resistencia anímica del veterano campeón se mantuvo, pero el cuerpo cedió ante la aparición de la fuerza ineludible. En este primer round se observa perfectamente el dominio sorprendente y casi abusivo de Cotto: 




miércoles, 4 de junio de 2014

La depresión profesoral


¿Pero por qué nunca nadie dice la verdad llana y simple sobre un fenómeno que se viene tratando desde hace años y al parecer está correctamente contrastado como real?
Me refiero al alto índice de depresiones entre el gremio profesoral (según muchas estadísticas recientes es el gremio profesional con más alto índice de depresiones).
Misterio curioso. ¿Más depresiones que entre los, pongamos por caso, poceros, policías, médicos, reponedores, camioneros, limpiadores o, yo qué sé, capadores de cerdos? ¿Por qué?...
Se habla de la dureza (actual) del ambiente de las clases, de la falta de reconocimiento de la labor docente, del bajón en el nivel de los alumnos y su apatía, de la eliminación de la autoridad, de la máquina destructiva de las sucesivas reformas educativas y el consiguiente arrumbamiento de la exigencia académica, etc.  Sí, claro, todo eso son problemas, y graves. Pero se trata de problemas que, desde la perspectiva individual, mal que bien, se pueden manejar. Se puede luchar contra ellos aun para perder la lucha, pero cada profesional, a su manera, los gestiona y contrarresta y, quizás, los obvia hasta cierto punto si puede, tal vez con el humor, la distancia o, por qué no, el pasotismo.

No. No, no. No se trata de nada de eso. Hay algo de lo que no se habla (¿por miedo, vergüenza, vanidad… debilidad?) y que, ufff, no se puede gestionar de ninguna manera. Algo que demuele el ánimo más rocoso. Y es lo siguiente: el paso del tiempo como afrenta. El profesor es el único profesional que, mientras se hace viejo, trata con jóvenes de la misma edad. Es una afrenta descomunal. Tiene enfrente una masa de ángeles (y demonios) por los que no pasa el tiempo pues siempre se rodea de savia nueva. Ver (o simplemente saber) que la capacidad escénica, la fuerza de atracción o la pura seducción cederán ante el paso del tiempo y que su edad (su envejecimiento) se hará progresivamente más evidente por contraste con la maravillosa juventud eterna de los alumnos es algo irrevocable. Las sucesivas generaciones de estudiantes serán, así, un espejo que se irá volviendo cada vez más cruel. De ahí, por otra parte, que las depresiones se den más entre profesoras, un poco más sensibles que los hombres a la degradación de la edad y a las comparaciones.
Y aquí, firmo y afirmo, que el docente que niegue esto es un inconsciente de manicomio o un falso.

viernes, 30 de mayo de 2014

Un sueño


En el final de No es país para viejos (Cormac McCArthy) se explica un sueño de carácter ancestral. Nos recuerda alguna vieja pintura de paisaje con figuras de algún viejo maestro. Parece inspirado en algún enigmático fragmento bíblico. 
El narrador (el veterano policía protagonista desbordado por la realidad de un mundo acelerado y violento que le supera) habla de “los viejos tiempos” y de que iba a caballo en plena noche por un desfiladero con su padre, los dos abrigados con mantas. Su padre llevaba un cuerno con un fuego dentro, y se adelantaba para encender una hoguera en mitad de la oscuridad. El hijo confiaba en que cuando llegara otra vez junto a su padre, éste le estaría esperando. Confiaba.
Pero entonces despertó… Y volvió a la realidad.


sábado, 24 de mayo de 2014

Púgiles de la Ilíada


Y así cuenta (canta) la Ilíada en el Canto XXIII el combate de boxeo -lucha de puños- que tiene lugar entre Epeo y Euríalo durante los juegos fúnebres aqueos en honor del héroe Patroclo, querido de Aquiles. Aquí la versión rítmica de Agustín García Calvo, of course:

“(…)Y, ya ambos ceñidos, salieron de frente al medio del ruedo;
y, uno engallándose al otro, los recios brazos enhiestos,
vinieron al choque; y los puños volaron cruzándose recios;
y horrendo crujir de quijadas se oyó; y de todos sus miembros
corría el sudor; y allá iba al asalto el célico Epeo,
y en la mejilla le dio en un descuido; y ya poco tiempo
túvose en pie: pues allí flaquearon sus límpidos miembros;
y, tal como un pez pega un salto al helado embate del Cierzo
en playa de algas, y negra la ola lo cubre en su seno,
tal él pegó bote del golpe. Mas ya el magnánimo Epeo
le dio la mano y lo alzó; y le acudían los compañeros;
que lo llevaban, los pies a la rastra, por medio del ruedo,
echando a un lado la testa y espesa sangre escupiendo,
y con el sentido perdido, a sentar lo llevaron con ellos (…)”
 (XXIII/685-699)

Entre la belleza poética el realismo es evidente (bueno, ya se sabe que una cosa y otra deben ir juntas): sudor, volar de puños, golpe en la mejilla y crujir de quijadas. Es todo un gancho lateral de esos que llegan precisos y tuercen el cuello dejando el rostro mirando hacia el ocaso; knock out. Luego, el gesto noble del vencedor, Epeo, sobre quien, según otras tradiciones (la Eneida, p.e.), recae la responsabilidad de construir el caballo de madera que será la perdición de Troya (aunque esa tramposa invención, más propia del pillo Ulises, queda fuera de la guerrera Ilíada).
Unos versos antes, además, se dice cómo se atan los púgiles correas de cuero en los puños. Cualquiera resiste un buen golpe con eso.

Acaso sea éste el primer combate de boxeo con nombres propios.