Translate

miércoles, 4 de junio de 2014

La depresión profesoral


¿Pero por qué nunca nadie dice la verdad llana y simple sobre un fenómeno que se viene tratando desde hace años y al parecer está correctamente contrastado como real?
Me refiero al alto índice de depresiones entre el gremio profesoral (según muchas estadísticas recientes es el gremio profesional con más alto índice de depresiones).
Misterio curioso. ¿Más depresiones que entre los, pongamos por caso, poceros, policías, médicos, reponedores, camioneros, limpiadores o, yo qué sé, capadores de cerdos? ¿Por qué?...
Se habla de la dureza (actual) del ambiente de las clases, de la falta de reconocimiento de la labor docente, del bajón en el nivel de los alumnos y su apatía, de la eliminación de la autoridad, de la máquina destructiva de las sucesivas reformas educativas y el consiguiente arrumbamiento de la exigencia académica, etc.  Sí, claro, todo eso son problemas, y graves. Pero se trata de problemas que, desde la perspectiva individual, mal que bien, se pueden manejar. Se puede luchar contra ellos aun para perder la lucha, pero cada profesional, a su manera, los gestiona y contrarresta y, quizás, los obvia hasta cierto punto si puede, tal vez con el humor, la distancia o, por qué no, el pasotismo.

No. No, no. No se trata de nada de eso. Hay algo de lo que no se habla (¿por miedo, vergüenza, vanidad… debilidad?) y que, ufff, no se puede gestionar de ninguna manera. Algo que demuele el ánimo más rocoso. Y es lo siguiente: el paso del tiempo como afrenta. El profesor es el único profesional que, mientras se hace viejo, trata con jóvenes de la misma edad. Es una afrenta descomunal. Tiene enfrente una masa de ángeles (y demonios) por los que no pasa el tiempo pues siempre se rodea de savia nueva. Ver (o simplemente saber) que la capacidad escénica, la fuerza de atracción o la pura seducción cederán ante el paso del tiempo y que su edad (su envejecimiento) se hará progresivamente más evidente por contraste con la maravillosa juventud eterna de los alumnos es algo irrevocable. Las sucesivas generaciones de estudiantes serán, así, un espejo que se irá volviendo cada vez más cruel. De ahí, por otra parte, que las depresiones se den más entre profesoras, un poco más sensibles que los hombres a la degradación de la edad y a las comparaciones.
Y aquí, firmo y afirmo, que el docente que niegue esto es un inconsciente de manicomio o un falso.

viernes, 30 de mayo de 2014

Un sueño


En el final de No es país para viejos (Cormac McCArthy) se explica un sueño de carácter ancestral. Nos recuerda alguna vieja pintura de paisaje con figuras de algún viejo maestro. Parece inspirado en algún enigmático fragmento bíblico. 
El narrador (el veterano policía protagonista desbordado por la realidad de un mundo acelerado y violento que le supera) habla de “los viejos tiempos” y de que iba a caballo en plena noche por un desfiladero con su padre, los dos abrigados con mantas. Su padre llevaba un cuerno con un fuego dentro, y se adelantaba para encender una hoguera en mitad de la oscuridad. El hijo confiaba en que cuando llegara otra vez junto a su padre, éste le estaría esperando. Confiaba.
Pero entonces despertó… Y volvió a la realidad.


sábado, 24 de mayo de 2014

Púgiles de la Ilíada


Y así cuenta (canta) la Ilíada en el Canto XXIII el combate de boxeo -lucha de puños- que tiene lugar entre Epeo y Euríalo durante los juegos fúnebres aqueos en honor del héroe Patroclo, querido de Aquiles. Aquí la versión rítmica de Agustín García Calvo, of course:

“(…)Y, ya ambos ceñidos, salieron de frente al medio del ruedo;
y, uno engallándose al otro, los recios brazos enhiestos,
vinieron al choque; y los puños volaron cruzándose recios;
y horrendo crujir de quijadas se oyó; y de todos sus miembros
corría el sudor; y allá iba al asalto el célico Epeo,
y en la mejilla le dio en un descuido; y ya poco tiempo
túvose en pie: pues allí flaquearon sus límpidos miembros;
y, tal como un pez pega un salto al helado embate del Cierzo
en playa de algas, y negra la ola lo cubre en su seno,
tal él pegó bote del golpe. Mas ya el magnánimo Epeo
le dio la mano y lo alzó; y le acudían los compañeros;
que lo llevaban, los pies a la rastra, por medio del ruedo,
echando a un lado la testa y espesa sangre escupiendo,
y con el sentido perdido, a sentar lo llevaron con ellos (…)”
 (XXIII/685-699)

Entre la belleza poética el realismo es evidente (bueno, ya se sabe que una cosa y otra deben ir juntas): sudor, volar de puños, golpe en la mejilla y crujir de quijadas. Es todo un gancho lateral de esos que llegan precisos y tuercen el cuello dejando el rostro mirando hacia el ocaso; knock out. Luego, el gesto noble del vencedor, Epeo, sobre quien, según otras tradiciones (la Eneida, p.e.), recae la responsabilidad de construir el caballo de madera que será la perdición de Troya (aunque esa tramposa invención, más propia del pillo Ulises, queda fuera de la guerrera Ilíada).
Unos versos antes, además, se dice cómo se atan los púgiles correas de cuero en los puños. Cualquiera resiste un buen golpe con eso.

Acaso sea éste el primer combate de boxeo con nombres propios.

lunes, 19 de mayo de 2014

Boxeo de salón

Parece que se está empezando a poner de moda el boxeo en los gimnasios urbanos. Pero no el boxeo, sino la ficción del boxeo sin contrincante; esa cosa para señoritos y señoritas guapitos que necesitan ponerse en forma (¿cómo se han vuelto tan expertos en formas, y por qué necesitarán eso?); o sea, para mequetrefes de gimnasio que no quieren hacerse pupa, sino quedar chulis mientras tensan sus músculos contra un saco de juguete o lanzan directos contra el aire frente a un espejo con expresión de cabreo. Quieren gustar-se (¿cómo podrían saber que se gustan sin un amo que lo niegue o apruebe?), quieren ser dueños de sus cuerpos y quieren modelarlos como está mandado, que para eso son suyos y una imagen vale más que mil palabras, o sea que su imagen vale más que todas las palabras que salgan de su boca (de eso estamos seguros).
Qué lejos está el boxeo de todo eso.
El cuerpo de un boxeador casi nunca es bonito. Puede llegar a ser hermoso por la acumulación de heridas, castigos y sufrimientos que muestra estando aún en pie.
Los cuerpos de los boxeadores son inarmónicos, forzados, retorcidos; sus músculos sarmentosos y, en algunos casos, la fibra joven ha cedido el paso a volúmenes amorfos, derrumbados, a veces fofos.
Los rostros son lacerados allá donde más duele; pómulos, cejas y nariz. Es como retroceder miles de años en fisonomía: caras excesivas de seres primitivos que ya no existen; caras que habíamos olvidado, pero con la mirada inteligente y asustada de un superviviente y el brillo temible de un depredador que está acostumbrado a mantenerse cerca de la sangre.
No son agujetas pijas de gym lo que tienen los boxeadores. Son dolores de convalecencia que duran semanas y acaso meses; ese tipo de dolor que te despierta por la noche cuando te mueves para cambiar de postura y te dice lo solo que estás, la locura de tu sacrificio y lo pronto que vas a caer definitivamente.


domingo, 18 de mayo de 2014

Márquez contra Alvarado


En pelea eliminatoria de la categoría welter de la Organización Mundial de Boxeo disputada en el Forum de Inglewood, California, el mexicano Juan Manuel Márquez se impuso por decisión unánime al estadounidense Mike Alvarado.
El mexicano, de 41 años, dominó los primeros asaltos con comodidad, golpeando con mayor precisión que un Alvarado demasiado defensivo. El estadounidense intentó llevar el combate a la corta pero el mexica, en gran estado de forma, reaccionaba con rápidas combinaciones desmontando la estrategia del contrario.
Al final del octavo episodio, Márquez amartilló un derechazo demoledor que, apenas visto, acabó con Alvarado en la lona. La campana sonó providencial.
Alvarado, como guerrero herido,  le devolvió el regalo a Márquez con un perfecto semigancho en corto en el asalto siguiente, pero el caído se levantó raudo y volvió con fuerza renovada.
En los últimos asaltos, Márquez, forzando la marcha, mandó de nuevo en el ring y llevó la iniciativa la mayor parte del tiempo. Alvarado, un poco herido, se dedicó a responder sin demasiada convicción.
La jerarquía en el ring, como en la vida, se la gana uno a base de lucha, tesón y capacidad de sufrimiento. (A mí que no me miren.)