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lunes, 15 de abril de 2019

Lucha agotadora



Aquellos que, aun levemente y con una sonrisa irónica, nos identificamos con esto de Cioran, tenemos que librar una lucha agotadora todos los días de nuestra vida. Mundo, admíranos.

"... Toda presencia humana me inspira, según mis humores, molestia o terror. Nunca me siento natural ante un ser humano.
Si me quitaran uno tras otro todos los deseos que he podido concebir, en lo más profundo de mí seguiría afincada, intacta, inatacable, la nostalgia del desierto."

(Sí, ya lo había puesto en una entrada anterior. Pero es que todo se olvida, y el olvido es el hermano amado de la soledad.)

viernes, 18 de enero de 2019

¿Delicadeza?...



Según esta reflexión de Cioran, tan adecuada para los tiempos que corren, la delicadeza puede ser, con toda razón, una característica indeseable:

"Lo propio de un espíritu rico es no retroceder ante la necedad, ese espantajo de los delicados; de donde les viene su esterilidad a éstos."

miércoles, 17 de mayo de 2017

Retratista en el desastre



Siempre que me encuentro en un ahogo existencial recurro a Cioran, como cualquier hijo de vecino. Este hombre, como ya creo que dije en algún otro post, nunca falla: abro sus Cuadernos al azar y me encuentro con un autorretrato (mío):

"Toda presencia humana me inspira, según mis humores, molestia o terror. Nunca me siento natural ante un ser humano.
   Si me quitaran uno tras otro todos los deseos que he podido concebir, en lo más profundo de mí seguiría afincada, intacta, inatacable, la nostalgia del desierto."

Ese lirismo posromántico, esa intimidad al descubierto, esa hiperbólica ironía nos seduce una y otra vez como una hermandad en el desastre. Pero otras veces Cioran es tanto más efectivo en la consolación cuanto más prosaico y seco:

"Lo importante es estar de vuelta de todo; el resto es cuestión de matiz."

Esto, vale, se lo podemos oír a un colega en un bar. Pero es que lo dice Cioran, uno de los hombres más elegantes, educados y más pobres de París. Y eso es muy serio.


miércoles, 25 de marzo de 2015

Rosset (I)


Pensemos en lo peor. Cuando las tragedias colectivas le tocan a uno un poco, poquito, más de cerca de lo normal no puede dejar de pensarse en la esencial idiotez de la existencia -de la realidad, de lo real- con su azar ciego y su incomprensible imprevisibilidad.
Los apaños clínicos psicológicos, lenitivos superficiales para conciencias necesitadas de drogas ansiolíticas y de condolencias, funcionan precisamente porque no van a la raíz de la cuestión, ni deben ir si quieren hacer eficazmente su trabajo.
Quiero decir que se necesita una distancia o un tiempo -que se podría considerar de curación del dolor inmediato y real- para poder entrar y asumir los presupuestos de cierta filosofía (llamémosla así con prudencia) existencial contemporánea. Por un lado estaría la amargura ornamentada, desasida e irónica de un Ciorán (del cual hablamos aquí en Cioran, el frívolo.) y por otro el seco sentido de realidad de un Clément Rosset, cuyo núcleo ‘filosófico’ se podría ultraresumir en la siguiente frase:

“Lo real, que es impensable e indeseable, únicamente a través de la alegría pude ser deseable y pensable.” 

Ecos de Lucrecio, Spinoza, Nietzsche… Esto, claro, es un escándalo. Y es un escándalo porque dice que “únicamente” es pensable lo real (indeseable) si hay alegría. La vida vivida, vivida de verdad, sería pues la afirmación de una tragedia ya sabida. ¿Y cuál es la condición de esa alegría? Ahí está la madre del cordero… Porque la condición es su incondicionalidad, por eso es necesariamente paradójica. Si no es paradójica es inequívocamente débil, y es falsa, algo así como una variación disimulada de la tristeza. Esa es su potencia. La irracionalidad. Y, naturalmente, no excluye el dolor más intenso, pero sí supera el daño psicológico.

Es otro caso no de ‘locura’, sino de extraña y cruel ‘lucidez’.

miércoles, 23 de abril de 2014

Cioran, el frívolo.


En su Précis de décomposition (nunca me acostumbraré a la rotunda traducción del título que hizo Savater, Breviario de podredumbre), libro que considero el mejor de entre los de Cioran por las sustantivas variaciones de sus temas y su incansable tensión expresiva, hay un pasaje que es, aparentemente, una confesión rendida a contrapelo de sus convicciones. Se trata de una (casi) exaltación primaveral de la frivolidad. Y lo más encantador es que lo hace por mor de la sutileza, la vergüenza y el pudor.

Dice: “(…) La frivolidad es el antídoto más eficaz contra el mal de ser lo que se es: merced a ella engañamos al mundo y disimulamos la inconveniencia de nuestras profundidades. Sin sus artificios, ¿cómo no enrojecer de tener un alma? Nuestras soledades a flor de piel, ¡qué infierno para los otros! Pero es siempre para ellos y a veces para nosotros mismos para quien inventamos nuestras apariencias…”


Se diría que este pasaje podría revocar toda la obra del rumano. Y aunque es evidente que Cioran no se lo creyó del todo (como no pudo creerse del todo ninguna de las líneas que escribió porque, si no, hubiera dejado de escribir en el instante en que su ser se entregaba por vez primera a los abismos de la existencia, de la incerteza y de la nada), se trata de uno de los fragmentos que más sinceridad íntima destila en toda su obra. De hecho, corrobora su obra. Frivolidad sería, por tanto, su grave, demoledora y elegante poesía filosófica; como estilo, como representación, como apariencia, como hipérbole, como consolación… como salvación. Su obra, que fue su antídoto contra la vida, fue su frivolidad. Quién lo hubiera dicho; Cioran, el frívolo.