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Mostrando entradas con la etiqueta Clément Rosset. Mostrar todas las entradas
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jueves, 26 de marzo de 2020

La elección palpitante



Los condicionantes de la tristeza (una tristeza que no provenga de un hecho trágico insoportable) pueden ser los mismos que producen alegría: el no saber qué, el no saber cuándo, el no saber dónde, etc. Y viceversa. Cláusulas que marcan definitivamente toda nuestra vida independientemente de si queremos reconocerlo o no.

Así, Clément Rosset escribe:

“(…) Pero esto es justamente lo que tienen de sorprendente -y de aparentemente paradójico- las razones para alegrarse o deprimirse: que son rigurosamente idénticas. De modo que la tristeza y la alegría no son más que las dos caras de la misma moneda. De ahí que sean tan próximas. En efecto, la alegría real no es más que una visión lúcida, pero asumida, de la condición humana; la tristeza es la misma visión, pero consternada.”

Escoger la tristeza o escoger la alegría, se diría… Pero, en el fondo, ¿podemos escoger?

sábado, 26 de enero de 2019

Clément Rosset; destruye, aún, toda esperanza.


Cuando te enteras tardíamente de la muerte de alguien a quien no has conocido pero has tenido presente en tu vida es como si no hubiera muerto tanto. La línea entre vida y muerte se hace más difusa. Ya no estaba vivo, pero para ti estaba vivo. Ahora está muerto, pero no está tan muerto. Es lo que pasa con los que hemos considerado maestros.
Vivo aislado, retirado en un bosque, y me entero ahora, después de muchos meses, de la muerte de Clément Rosset, un personaje cuya obra ha aparecido en este blog en diversas ocasiones. 
Rosset fue un pesimista desesperado que alcanzó la gracia de vivir, la “alegría”, a base de reflexionar la existencia como quien vive de verdad, sin la más mínima impostura ni pedantería cultural. Su develación de los dobles de la realidad que todos nos creamos por miedo a mirar la verdad desnuda le llevó a ese estado de gracia trágica -era el representante de eso que se dio en llamar con el bello nombre de “filosofía trágica”- que permite superarlo todo precisamente porque ha visto, sin apartar la mirada, el vacío que hay en el fondo de toda vida. Y no hay vida si no se acepta el horror. 
Rosset, como buen trágicoalegre, admiraba el modo de ser y vivir español. Rindió reiterados y jugosos homenajes a nuestro país. Vamos a devolverle el favor (y no será el último) recordándole con uno de ellos extraído del libro Le choix de mots:

“(…)  Esta asimilación del ser a su apariencia explica la naturaleza de la alegría española: alegría a menudo desconocida por el extranjero, que no retiene de España más que la violencia de los instintos y el sentido del drama, mientras que una excepcional alegría de vivir constituye, en realidad, el rasgo más importante y remarcable. La fuerza de esta alegría ocupa, paradójicamente, la amplitud de su resignación trágica, la desesperanza de saber que ningún socorro exterior vendrá a confortar la realidad viva e inmediata. Es esta ausencia de esperanza la fuerza suprema que permite vivir sin problemas en la mismísima pobreza, acomodado a todo e inmerso en lo peor. Quien no espera nada se asegura de no ser nunca decepcionado y podrá, sin reticencia ni sospecha, entregarse a la alegría.” 

¡Quién fuera español!, Clément.

sábado, 11 de marzo de 2017

El hecho trágico



Siguiendo a Rosset:
Ante la brutalidad de la realidad, del hecho trágico inesperado, del azar, aceptar que se trata de la aparición de lo idiosincrático y de lo ininterpretable, por tanto de lo indeseable y lo impensable. Lo más terrible es que, por ello, es insignificante. Y eso no lo podemos asumir. Es enorme, acaso definitivo, pero está exento de significado. Es el reino de la idiotez porque carece de razón. De ahí todos los dobles que imponemos a lo real. Para superar su silencio y su falta de sentido.
Eso no hace del hecho trágico algo objetivamente comprensible, sino, en el mejor de los casos, sólo subjetivamente soportable.

Ahora, lo único que puedo hacer por un amigo es rezar.

sábado, 11 de febrero de 2017

La profecía de Fernando Savater



Uno de los momentos más temidos por mí era que una persona como Fernando Savater cayera en la melancolía, la desesperanza y la tristeza, tal y como -de forma irónica entonces, claro- profetizó en aquella deliciosa autobiografía titulada Mira por dónde.
El último breve artículo que ha publicado en la prensa me deja desahuciado. La nostalgia de su adorada infancia, que es la de todos, es constatación de un mundo actual aparentemente espantoso. Ni sus queridos Cioran y Rosset podrían redimir este artículo:

“Uno oye decir ocho años, veinte, cincuenta y vuelve a verse con esa edad, tratando de reconstruir mentalmente cómo la vivimos. Creyendo que ese recuerdo servirá para entender a quienes la padecen o disfrutan hoy. Gran error: nada ha cambiado tanto como la niñez, juventud, vejez... Sobre todo la niñez. Repasando noticias de los últimos meses, encuentro a una chica de doce años fallecida en Madrid de una monumental borrachera durante un botellón, un chico de trece que asesinó con una ballesta a su profesor e hirió a cuatro personas más en Barcelona, otro treceañero que mantuvo una relación pasional con su maestra texana y la dejó embarazada, contándolo como es natural en YouTube, lo cual es preferible a los chicos y chicas de menos de catorce que suben asiduamente a la red las palizas que dan en manada a sus compañeros nacidos para víctimas. Veo que una niña de diez años ha ganado en la tele con unos condumios rebuscados e indigestos un concurso de aspirantes a chefs mediáticos, pura corrupción de menores. Y muchos suicidios a los doce, de un muchacho en Eibar, de una chica que se hace un selfiemientras se mata, etcétera.
Intento recordar mis doce años. Los días azules y el sol de la infancia en la Concha, con sabor a patatas fritas, la noche de los sábados leyendo el Capitán Trueno y el Jabato, las aventuras representadas con mis hermanos en un cuarto que era la jungla, el Far West, Marte, el fondo del mar...y en la radio el Zorro zorrito. Cada cumpleaños veíamos el cine mudo proyectado en una sábana. Aún faltaba bastante para la televisión, para las borracheras y las fornicaciones, para el desafío al mundo. En cuanto al suicidio... Imprudente, preferí darle al tiempo su oportunidad.”


 Fernando: no te dejes devorar por las sombras. Todo sigue estando lleno de dioses. O sea, de infancia.   

miércoles, 10 de junio de 2015

Rosset (IV). Realidad y música (II).


En la última entrega sobre Rosset acabamos diciendo que la música era tan real como la realidad.  Más allá: de hecho, Rosset le concede un estatuto superior al de la realidad cotidiana porque es una irrupción particular de realidad en estado puro que no admite un acercamiento por la vía de la representación. No acepta dobles como las otras artes porque, simplemente, no es un doble de la realidad. Rosset le da el estatuto metafísico de “ens realissimum”; modelo de todo sin estar modelada sobre nada de lo que podamos señalar en nuestro mundo excepto la música misma.
Toda creación humana se basa en la duplicación, menos la música. Es su “exceso de ser” la razón de su poder sobre la sensibilidad de las personas. Siguiendo a Schopenhauer el filósofo francés dice que la música es como un avance de la realidad que te coloca singularmente “entre la espada y la pared” ya que con ella no hay reflejos o juegos de replicación.

El efecto de la música en el oyente es, pues, un fenómeno de realidad especialmente intenso, y la realidad es la única cosa del mundo a la cual uno no se puede habituar nunca del todo. Por eso, la vuelta a la música una y otra vez equivale a revivir una realidad inquietante (y placentera) sin peligro para nuestra integridad física. Vaya regalo divino. (Seguiremos sobre ello.)

viernes, 8 de mayo de 2015

Rosset (III). Realidad y música (I).


Y parece que una de las dificultades más grandes de la contradicción rossetiana de la alegría es superar toda moral.
O se es alegre y trágico o se es moral y, por tanto, anti trágico. Y en Rosset (como en sus ilustres antecesores trágicos -o considerados trágicos por él-) ser anti trágico es ser incapaz de aceptar la realidad tal cual. ¿Hay alguien capaz de eso; de no poner velos, dobles o sustitutos paralelos a la brutalidad de lo real? ¿Hay alguien capaz de vivir asumiendo en absoluto la irreductibilidad a algo de lo que podamos imaginar sobre lo real; de vivir en la paradoja de las paradojas? ¿Y, además, no es cualquier rechazo particular a cierto aspecto de la vida un rechazo total de la realidad y de la vida?... Todos vivimos al margen, pues.

Sin embargo… hay algo; hay algo único que es en sí mismo una realidad única apartada de lo que consideramos real y tan real como lo real: la música. Realidad realísima autónoma de toda representación. Oh, milagro!... A ver. Seguiremos con ella en la próxima entrega sobre Rosset.

sábado, 11 de abril de 2015

Rosset (II). El conocimiento imbécil.



Es casi un lugar común, pero seguramente demasiado olvidado, que el ‘saber’ y la filosofía -como observación y reflexión de todos los saberes- se mueve en un principio de incertidumbre imposible de remontar.
Olvidar esto puede llevar a la paradoja del exceso de actividad intelectual como idiotez.
Rosset nos recuerda el ejemplo ficticio de Bouvard y Pécuchet, los personajes de Flaubert, como paradigmas de obsesión por el conocimiento convertidos en símbolos de la imbecilidad. Serían parecidos y precedentes de los opinadores (conjeturadores) de hoy día. Esos que se ven con derecho a hablar de todo y a ‘decir’ cualquier cosa porque todo lo han tocado y todo les interesa… en un nivel de baja intensidad de usar y tirar.

“ El interés manifestado por las cosas de la inteligencia, como se dice en La bella Elena de Offenbach, es más a menudo indicio de una mente mediocre que de una mente sagaz.”

“Señalaré también que el absurdo inherente a esa voluntad de inteligencia consiste ante todo en conceder más valor a la representación de las cosas que a experimentar esas mismas cosas.”

Frase esta fundamental para discernir lo que es el saber (o sea, el ‘sabor’) de las cosas de la noticia de las cosas.
Y sí, con la edad uno comprende que sabe las cosas (algunas pocas cosas, muy pocas) porque tiene lugar un proceso sintiente o, por el contrario, que conoce las cosas, pobre y simplemente (prácticamente a nivel nominal).

¿Quién, que no sea un talento severo, claro y manifiesto, ha podido escapar a este género monumental de idiotez? …