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lunes, 19 de mayo de 2014

Boxeo de salón

Parece que se está empezando a poner de moda el boxeo en los gimnasios urbanos. Pero no el boxeo, sino la ficción del boxeo sin contrincante; esa cosa para señoritos y señoritas guapitos que necesitan ponerse en forma (¿cómo se han vuelto tan expertos en formas, y por qué necesitarán eso?); o sea, para mequetrefes de gimnasio que no quieren hacerse pupa, sino quedar chulis mientras tensan sus músculos contra un saco de juguete o lanzan directos contra el aire frente a un espejo con expresión de cabreo. Quieren gustar-se (¿cómo podrían saber que se gustan sin un amo que lo niegue o apruebe?), quieren ser dueños de sus cuerpos y quieren modelarlos como está mandado, que para eso son suyos y una imagen vale más que mil palabras, o sea que su imagen vale más que todas las palabras que salgan de su boca (de eso estamos seguros).
Qué lejos está el boxeo de todo eso.
El cuerpo de un boxeador casi nunca es bonito. Puede llegar a ser hermoso por la acumulación de heridas, castigos y sufrimientos que muestra estando aún en pie.
Los cuerpos de los boxeadores son inarmónicos, forzados, retorcidos; sus músculos sarmentosos y, en algunos casos, la fibra joven ha cedido el paso a volúmenes amorfos, derrumbados, a veces fofos.
Los rostros son lacerados allá donde más duele; pómulos, cejas y nariz. Es como retroceder miles de años en fisonomía: caras excesivas de seres primitivos que ya no existen; caras que habíamos olvidado, pero con la mirada inteligente y asustada de un superviviente y el brillo temible de un depredador que está acostumbrado a mantenerse cerca de la sangre.
No son agujetas pijas de gym lo que tienen los boxeadores. Son dolores de convalecencia que duran semanas y acaso meses; ese tipo de dolor que te despierta por la noche cuando te mueves para cambiar de postura y te dice lo solo que estás, la locura de tu sacrificio y lo pronto que vas a caer definitivamente.


domingo, 18 de mayo de 2014

Márquez contra Alvarado


En pelea eliminatoria de la categoría welter de la Organización Mundial de Boxeo disputada en el Forum de Inglewood, California, el mexicano Juan Manuel Márquez se impuso por decisión unánime al estadounidense Mike Alvarado.
El mexicano, de 41 años, dominó los primeros asaltos con comodidad, golpeando con mayor precisión que un Alvarado demasiado defensivo. El estadounidense intentó llevar el combate a la corta pero el mexica, en gran estado de forma, reaccionaba con rápidas combinaciones desmontando la estrategia del contrario.
Al final del octavo episodio, Márquez amartilló un derechazo demoledor que, apenas visto, acabó con Alvarado en la lona. La campana sonó providencial.
Alvarado, como guerrero herido,  le devolvió el regalo a Márquez con un perfecto semigancho en corto en el asalto siguiente, pero el caído se levantó raudo y volvió con fuerza renovada.
En los últimos asaltos, Márquez, forzando la marcha, mandó de nuevo en el ring y llevó la iniciativa la mayor parte del tiempo. Alvarado, un poco herido, se dedicó a responder sin demasiada convicción.
La jerarquía en el ring, como en la vida, se la gana uno a base de lucha, tesón y capacidad de sufrimiento. (A mí que no me miren.)


viernes, 16 de mayo de 2014

F.J. Haydn (III)

La apertura a las nuevas sonoridades, aparentemente tan propia de la música contemporánea, de hecho tuvo lugar durante el s. XVIII gracias a toda la extraordinaria pléyade de compositores conocidos y no tan conocidos, especialmente sinfonistas, que reunió ese milagroso siglo musical. Y entre ellos, claro, el más innovador de todos, nuestro querido F.J Haydn.

Haydn fue el rey de los nuevos espacios sonoros orquestales. Espacios sonoros conformados a base de combinaciones instrumentales muy sencillas e indicaciones de movimiento y matiz perfectamente meditadas. Las texturas sonoras logradas por el compositor de Rohrau a partir de sus investigaciones en esa línea han sido inspiración y envidia permanente para todos los compositores posteriores que quisieron seguir practicando (pobres) la forma sinfónica.

La belleza contemplativa de su sonido, su sesgo parcialmente sublime, es lo que ha llevado a la tradición a considerar estos momentos musicales como Sturm und Drang. Pero sería más adecuado que lo entendiéramos como un S-u-D inconsciente y prematuro. Prematuro al ser templado por la exigente convención de una elegancia clásica que nos lleva a un terreno de narratividad y forma suspensiva, desvinculada de todo, inexistente hasta entonces, al menos de esa manera tan radical.   


Haydn, que es todo invención formal, encaja estas sonoridades en la peripecia de su drama sonoro con el ensimismamiento y la contemplación de un afecto conflictivo y extraordinariamente posesivo. El desarrollo musical es detenido y la atención del oyente es robada hasta un momento extático. La articulación de la música y el sentido de su dirección sufren el colapso de la pura sonoridad. Y tras su primera y deslumbrante aparición (veamos el ejemplo del Adagio de la Sinfonía 61) la forma sonata del movimiento queda tocada y va a ser conformada por ese momento inolvidable, hacia el cual se va a dirigir todo el material musical como se dirige inexorable el pecio en la espiral de un sereno torbellino hacia su centro. En este Adagio aparece en los m 1:50, 2:18, 5:55 y 6:22:

                                  https://www.youtube.com/watch?v=-XyD-uRuCJQ

lunes, 12 de mayo de 2014

Gómezdaviliana (XIII)



Naturalidad, elegancia ética y sensibilidad:

"La perfección moral está en sentir que no podemos hacer lo que no debemos hacer.
La ética culmina donde la regla parece expresión de la persona."


miércoles, 7 de mayo de 2014

Rimas insospechadas (Gombrowicz y J. Ford)

Es sorprendente la sinestesia que se puede producir repentinamente entre obras que nada tienen que ver unas con otras.
Memoria sensible, retención de una forma, despertar de recuerdos ocultos, interpretación personal modelada por el gusto, el capricho y el error, asociaciones subconscientes… y como resultado la rima de dos piezas creativas -apenas de dos fragmentos- de universos diferentes que quizás nadie en el mundo habría hecho nunca (pues si bien en el mundo hay muchísimos idiotas como yo e incluso de mucho mayor calibre, cada uno es idiota a su manera).

En este caso se trata de unas frases de la novela La seducción de Witold Gombrowicz (Pornografía, en su título original) y de una escena de la película El hombre tranquilo, de Ford.
El texto me llevó automáticamente a la escena de la película. Es un encuentro semi casual entre varios personajes de la novela durante un paseo que, de pronto, se enrarece inopinadamente:

“(…) Sin embargo, la general perplejidad prolongó el silencio por unos segundos… y aquello bastó para que la desesperación sofocante, la pena y todas las nostalgias del destino y la predestinación, se agolparan sobre ellos como en una pesada y errabunda pesadilla.” 

Y el fragmento de la película es éste:


Ese amor incontenible de Maureen O’Hara y John Wayne que florece silvestre entre ruinas góticas bajo una tormenta estival se carga espontáneamente de esa… “pena y todas las nostalgias del destino y la predestinación”, como escribe Gombrowicz, con las miradas suspendidas y tristes de los hermosos protagonistas del largometraje, como si en ese mismo momento de felicidad sobreviniera bestial la intuición maldita de la futura rutina, el tiempo y la muerte. Así captó Ford, con altísima acuidad,  la diamantina preciosidad fugaz del instante. Y de esa manera, sin saberlo, lo describió Gombrowicz para que yo lo descubriera.


(Para Bea.)

domingo, 4 de mayo de 2014

Los dibujos de Pontormo

Los dibujos de Pontormo que muestra la Fundación Mapfre de Madrid entran en ese tipo de arte plástico que no es sólo continuidad de la gran tradición, sino que también se separa lo que puede de ella para crear un momento único de representación.
Pontormo enseña en sus dibujos la tensión del artista que quiere, en el marco de las influencias irrefutables, hallar un diseño de estética impactante que una lo objetivo con lo dramático dañando el equilibrio existente, y para ello llega a un solipsismo creativo que le aísla en una rara y emotiva animalidad, que es algo diferente de lo que en principio se espera de un resabiado manierista de este calibre.

La vitalidad patética de estos dibujos se expresa desde los inmensos ojos de muñeca enferma hasta la deformación de unos cuerpos lacerados de exceso físico (siempre hay una vibración agónica) que nunca son sólo estudios, sino proyección y exposición del dolor y drama humano, incluso en sus más premeditadas, complejas y abstractas deformaciones.