El hombre que nunca estuvo allí (The man who wasn't there) es una hermosa obra de arte sin contenido, una pura forma cinematográfica hecha a partir de un guión-pretexto que no importa a nadie porque está elaborado premeditadamente a retazos con algunos lugares comunes de la gran pantalla. Pero todos los amantes del cine han de sentir una gran conmoción al adentrarse en esta película. Porque aparenta el sueño de la existencia colectiva en un blanco y negro tan diáfano y bello como un grabado renacentista. Porque es la apoteosis de la lentitud de un hombre que somos todos nosotros cuando el mundo se para y sólo sentimos como verdad el paso del tiempo y la futilidad de las relaciones humanas. Y el humo de los cigarrillos atravesado por la luz. Pero también, claro, está Beethoven. Con su música, la contemplación de la nada se hace profunda y emocionante. Carter Burwell, el músico de los Cohen, pone el lirismo moderno (en este vídeo).
La vulgaridad, el error y la insustancialidad de la vida pueden ser muy bellos si se representan con elegancia. Sin pretensiones filosóficas. Sin discursos. Sin apenas nada.
La condición es tomar un tiempo y lugar, y un tipo concreto, un rostro. No correr. No mover. Amar las cosas iluminadas por el sol y la profunda negrura justo más allá. Y, sobre todo, que sea ficción; porque... la realidad, ¿quién la soporta?
Iniciamos una serie sobre la obra más grande nunca escrita para violín solo. La Chacona de la Partita n2 de J. S. Bach.
El checo Vasa Prihoda, hoy demasiado olvidado, fue uno de los más sobresalientes intérpretes de esta pieza. La hizo por completo suya y fue referencia inexcusable para otros virtuosos.
Su Chacona es amplia de acordes, con bases armónicas extraordinarias. Expansiva en resonancias y con unas dinámicas intensamente dramáticas, un poco al límite en su tensión sonora, pero nunca cargadas ni bruscas en exceso a pesar de la presión ejercida sobre su arco titánico. Comprende el largo movimiento en toda su integridad y acaso se excede por momentos en un virtuosismo progresivo un poco romántico en los pasajes monódicos rápidos y en los desmesurados y anonadantes arpegiados, momento originalísimo de esta grabación. Pero todo, oh milagro, es transparente. Su capacidad superior para el legato le lleva con demasiada facilidad a portamentos caprichosos que, sin embargo, espesan aún más el sonido y rubrican una interpretación con firma soberana.
Nadie ha superado a Vasa Prihoda en la comprensión de esta Troya absoluta del violín que es la Chacona bachiana.
Muy de vez en cuando el cine de pura diversión nos ofrece perlas que pasan automáticamente a nuestra lista personal de clásicos.
Hay un director en Estados Unidos llamado Craig Zahler que en poco tiempo ha dirigido tres largas muy largas películas que rondan la maestría dentro del cine de entretenimiento. O sea, el gran cine. Un thriller policial (Dragged across concrete, ‘Arrastrado por el asfalto’), un western de terror (Bone tomahawk, ‘Hacha de hueso’) y una tragedia carcelaria (Brawl in the cell Block 99, 'Pelea en la celda del bloque 99’). Si este señor no dirige nada más, esas tres obras permanecerán como una extraña trilogía de culto hasta el final de los tiempos, amén.
Los tres largometrajes muestran estilo de gran cineasta desde las primeras escenas. Los amantes del buen cine quedarán enganchados automáticamente. Hay momentos lentos (inusuales en cintas de esta naturaleza), pero nunca momentos muertos. Largos preludios estáticos llenos de tensión en virtud de concentrar la atención narrando lo esencial. Hay mucho trabajo de actor (maravilloso Vince Vaughn en dos de ellas, y muy bien Mel Gibson y Kurt Russell, entre otros). Y todos sus planos están cuidados en cada detalle objetual, color y destello de luz.
Pero es que asimismo está su excitante fusión de géneros. El western evoluciona del clásico viaje de rescate y castigo a un gore de terror antropófago. El thriller policial va del conflicto social con dilema ético-profesional a una de atracos con sadismo pulp. Y la tragedia carcelaria (la más impactante del trío) empieza con el drama doméstico de una pareja, pasa por el ambiente de traficantes, se instala en el tópico de prisiones y cae en un gótico claustrofóbico de violencia suprema. Cine, cine, cine.
A pesar de sus extravagancias, estas obras responden perfectamente a algunas de las condiciones aristotélicas referidas a la tragedia. Unidad, desarrollo, tiempo, espacio, carácter… Todo magníficamente engranado. Los guiones de Zahler, además, se ponen de parte de la realidad del mundo al construir tipos ambiguos, turbios y decantados hacia la violencia y el mal por una decisión equivocada, un golpe de mala suerte o por la inexorable fatalidad de la vida que se recrea destruyendo la existencia de individuos sin estrella. Son desagradables. Pero impresionan. Gente cuyos códigos morales pertenecen a otros tiempos, y gente que habla como el oráculo del fracaso. Ni héroes ni villanos. Hombres y mujeres confusos y desesperados que van a por todas.
Lástima que estas pelis no se estrenen en los cines de nuestro país. ¡Qué gran cine de entretenimiento que esconde un ‘pequeño’ cine de arte y ensayo!
Notturno, poema sinfónico para voz (en diferentes tesituras, preferentemente para barítono o mezzo) y conjunto orquestal, y también para voz, piano y violín, fue compuesto por Richard Strauss el último año del s. XIX. Se basa en el poema Aparición de Richard Dehmel al que Strauss eliminó el principio y el final. Una de sus obras, sorprendentemente, menos conocidas.
La complejidad de Strauss es aquí interior y recogida. Se concentra en una voz que juega con unos lentos crescendos a partir de uno de esos secos y desasosegantes motivos interválicos marca de la casa. Su cohesión es total y teje una metamorfosis psicológica tan tensa y exigente que nos pone al límite de nuestra memoria y comprensión sonora. La experiencia auditiva es fascinante. Richard Strauss, ya en una obra ‘joven’ como ésta supera el wagnerismo en complejidad y sutileza discursiva. Como dejó dicho Glenn Gould: “Los puntos culminantes de Strauss, sus momentos de tensión y de reposo -aun siendo menos abrumadores que los de Wagner- indican mucho mejor las difíciles realidades de la creación.”
La capacidad de la música de Strauss es total de principio a fin. Y este Strauss secreto y espectral, realmente nocturno, se impone y conquista a la contra que el Wagner épico y viril: te atrae, sin embargo con más fuerza, como un conjuro femenino lleno de belleza y muerte, virtud de muchas de sus obras vocales. Es el placer contradictorio que hiere, cual amor fatal, en forma de música.
En junio de 2013 escribí el post siguiente: -En 1931 Pierre Drieu la Rochelle publicó El fuego fatuo (Le feu follet), un libro sobre drogas y suicidio. Una novela sobre la tragedia de cuando la vida se nos pone del revés sin aparentes motivos. Es una obra aristocrática, breve, seca. E hiriente como un escalpelo envenenado.
La brillantez del autor nos asalta en cada página con frases cuya austera elegancia formal sólo es superada por una lúcida y destructiva visión de la existencia que nos muerde el alma sin piedad y nos deja a la intemperie como únicamente las grandes obras saben hacerlo.
El protagonista, al fin (esta obra es toda ella una radiografía del fin), es una máquina de despojamiento de lo que creyó que podría tener algún día y nunca tuvo. Todo aquello que postergó para el futuro se le muere repentinamente entre las manos cuando ya es tarde para vivirlo… Entonces su capacidad de acción se convierte sólo en capacidad de destrucción. Definitiva, total.
La droga ha sido para él, como para todos los que acuden a ella, el más eficaz medio de aislarse de la realidad, el medio de mantener inmóvil e inmune la ilusión de la juventud y el estado flotante de una vida sin caminos definitivos. Pero también ha sido la vía que le ha revelado, sincera y despiadada, la falta de amor sin remisión posible. Hay un momento en que Alain, el protagonista, reflexiona hacia sí mismo mientras se pincha el brazo… “(…) me mato porque no me habéis querido, porque yo no os he querido. Me mato para apretar nuestros lazos. Dejaré en vosotros una marca indeleble. Sé muy bien que se vive mejor muerto que vivo en la memoria de los amigos (…)”
Sin embargo, Alain, no actúa como una figura patética. A nadie molesta en la irrenunciable deriva de su larga despedida. La Rochelle escribe con aceleración pero magistralmente sobre el paso de la energía vital al morbo letal del personaje y la conciencia terrible que él tiene de eso, por ello: “(…) permanecía inmóvil, frágil, temiendo esbozar el menor ademán porque sabía que tal ademán sería su sentencia de muerte”.
El estado que transmite esta última frase es el que recoge, creo yo, el espléndido Maurice Ronet en la película homónima del director Louis Malle. Toda la película, muy fiel a la novela, se sustenta en el rostro de Ronet. Un rostro que debe transmitir todo el esplendor del pasado, todo el derrumbamiento del presente y toda la perplejidad emocional que supone no poder evitar entregarse a la muerte. Maurice Ronet lo consigue con una economía expresiva increíble, apenas con una imperceptible inquietud, con una mirada frágil y anhelante...
Esta escena muda muestra cómo el protagonista percibe cada detalle de su entorno como una herida puesto que ya nada puede vivir en él con normalidad, ya todo está infectado de muerte bajo su mirada a pesar de que la realidad aún le presenta sus dádivas.-
Pues bien, ahora dejo aquí toda la película (en versión original francesa, pero con subtítulos en inglés). La virtud de su director, Louis Malle, es intentar contar lo que cuenta sin juicio moral añadido ni mensaje final. El juicio que lo ponga cada espectador, si quiere. Una de las mejores películas que he visto nunca del cine francés:
Creo que la razón que hace de la novela y su serie Retorno a Brideshead algo especial, emocionante y cercano, a pesar del estiramiento y afectación de sus británicos protagonistas casi arquetípicos, es la generosidad nunca escatimada en palabras o en imágenes de su afición al alcohol en forma de vinos, champañas, licores, jereces, oportos, aguardientes, etc.
No recuerdo ninguna obra de ficción en que la razón de ser de una amistad y su alegría esté tan sinceramente expresada mediante el alcohol, eje vertebral de unas vidas jóvenes, brillantes y prometedoras, que se irán modelando con y por el vino y cuya futura promesa de maduración (una) y tragedia (la otra) se adivina tempranamente en su relación con el alcohol, tal como revela premonitoria una de las mujeres más inteligentes (y discretas, of course) de la obra.
Si hay un elemento que dé apariencia interesante de existencia real a esas figuras de ficción, es el alcohol. Gozosamente.
Esto lo entenderán todos los santos bebedores de este mundo. La alegría del vino. La tragedia del vino. La verdad. La vida.
Escuchen la música de Geoffrey Burgon titulada Sebastian contra el mundo. Oigan cómo la dulzura despreocupada e indolente del vino esconde al final una disonancia irreversible.
Las condiciones de vida de la Edad Media eran durísimas en comparación con las nuestras, sin duda. Pero a nosotros la pérdida de la trascendencia y la sustitución de los dioses antiguos por otros seculares nos ha traído el monstruo de una arquitectura contemporánea sin tradición ni belleza en la que tienen que vivir y morir grandes masas de población.
Casi cualquier ruina medieval realizada por humildes artesanos anónimos inflige una humillante lección de dignidad estética a los habitáculos-colmena acaso premiados por el mundo académico.
Extraordinaria la exposición temporal de Balthus en el Museo Thyssen de Madrid.
Balthus fue uno de los grandes resistentes al totalitarismo de las Vanguardias y la revolución artística del s. XX. Y fue un resistente seguro y a conciencia desde el principio. Sólo por eso puede ya caer simpático.
Su sentido culto y aristocrático del arte y su sensibilidad por lo atemporal trazaron desde muy temprano un camino en el que un idealismo formal puro, casi abstracto, ha luchado siempre por hermanarse con la sensualidad de los objetos e insistentemente con el cuerpo femenino púber.
La figuración realista de sus lienzos tiene detrás un trabajo de estudio y decantación de siglos de pintura clásica; desde el muralismo romano y románico o los frescos primitivos renacentistas, hasta la fría estampa oriental pasando por el énfasis corporal del barroco más clasicista. Ninguna anécdota, ni siquiera en los paisajes más complejos, distrae su ojo esencialista de su búsqueda platónica de la forma ideal. Ningún deseo carnal inconfesable lo desvía de su amor por esa tradición inmortal iniciada por la escultura griega. Precisamente por esto, él puede pintar escenas tabú sin que la pacata burguesía bienpensante (antes) ni la ofendida progresía moralista (ahora) se le echen encima de manera excesiva. Sus desnudos pertenecen a todas las épocas. Sus adolescentes son arquetipos que cifran una turbadora belleza carnal con la solidez de la columna toscana.
Balthus era un pintor lento y ensimismado; hechizado él mismo por la depuración de unas obras en marcha nunca acabadas, y que hechiza al espectador elevando su mirada hacia el universo de lo sólido, lo ordenado y lo inmutable. Esas ideas universales traducidas en imágenes pintadas.
(La única pega a la exposición: es un poco parca en número de obras.)
Últimamente el diablo se está paseando por diversos templos católicos franceses. El último, Nuestra Señora de París.
Queden estas imágenes y esta música del s. XIII perteneciente a la escuela de la catedral parisina (la cuarta parte del organum Sederunt Principes del maestro Perotin en versión femenina) para dar testimonio de que el genio cristiano es una flor eterna e indestructible.
Ferlosio era un caso raro de literato de fama que lo dejó todo para hacerse gramático. Gramático empecinado en la etimología y la hipotaxis.
Él mismo, escribió:
"Naturalmente, la hipotaxis en que me fui empecinando más y más no se limitaba a esas fáciles construcciones con verbos, sino que se dilataba en frases mucho más complejas, poliarticuladas y de más largo aliento, hasta llegar a veces a cubrir un folio entero. De esta manera, llegó a antojárseme que sólo podía decir tal o cual cosa de un modo satisfactorio, por suficientemente preciso, circunstanciado, explícito y completo, recurriendo a largas construcciones hipotácticas."
De ahí que sus ensayos sean a menudo una exigencia de la forma en marcha que se impone a la importancia del tema tratado. Aunque estuviera equivocado en sus tesis, la precisión gramática es tal, que no lo parece. Todo lo que escribió muestra un rango superior de la lengua española. Y si más de una vez había rechazado su pasado de literato por estetecista y sin importancia, no se libró nunca de un impulso inconsciente de búsqueda de la belleza, aun en sus más sesudos ensayos. Al contrario, ese impulso fue en aumento y alcanzó una madurez soberbia hacia la plenitud de su actividad como ensayista, cuando, según sus propias palabras, encontró la lengua. Eso es lo que hizo Ferlosio toda su vida con solitario empeño: buscar la lengua y salvarla de toda servidumbre.
Todo lo que tiene publicado merece leerse con esfuerzo y regocijo.
Para los despistados existe un largo artículo sobre sí mismo, ya clásico, que se publicó en el número 31 de la añorada revista Archipiélago titulado La forja de un plumífero. Que empiecen a conocerlo. Y a adentrarse en su océano.
Propongo al mundo un concierto de año nuevo compuesto exclusivamente por pasodobles. Creo que podría llegar a desplazar el de Viena; aunque, naturalmente, no sería ésa su intención.
La exaltación del pasodoble, tan rítmico –y más- que los valses y marchas vieneses, con su combinación de alegría festiva y melancolía plebeya, forzosamente conquistarían al mundo para empezar el año con buen pie. Evitarían la cursilería, el kitsch y también el estiramiento vienés.
Los conciertos, retransmitidos, repito, al mundo entero, se podrían hacer en el Teatro Real de Madrid y el Liceo de Barcelona. Y alternando. Por supuesto, con orquesta sinfónica.
Habría clásicos inamovibles, como Suspiros de España, que sería el equivalente del Danubio Azul, o Paquito el Chocolatero, que haría de trasunto de la Marcha Radetzki. Y muchos más.
He pasado un quebranto de salud. Aparte del imprescindible antibiótico y los mimos familiares hay una música que purifica lo turbio; más que ninguna otra. Es Mozart. Sus conciertos para piano. Los movimientos lentos. Y más que ninguno, el larghetto del Concierto nº 11.
No hay en la historia de la música una adecuación tan bella entre piano y orquesta como en el desarrollo del drama de ese prístino motivo de nueve notas que inicia y cierra la pieza. Nunca una redención ha sido tan elegantemente expresada.
Contribuye a ello la versión más inteligente de la fonografía. La de Perahia. Háganse este regalo de la vida. Déjenlo todo y escuchen:
¿Alguien quiere saber qué cosa es cantar?... Que escuche esto. La Serenata de Mefistófeles de La Condenación de Fausto de Berlioz por Ruggero Raimondi.
Berlioz recoge la tradición popular francesa y crea una canción operística que van a copiar todos los compositores de escena franceses posteriores. Aunque la inmediatez de su estilo melódico y la brillantez rítmica del fraseo la hacen única e inequívoca.
Este tío fue especial. Lo vuelvo a decir aquí: Berlioz es ‘el’ romántico. Él solo. Él representa el Romanticismo. Berlioz es el estado de ánimo en música. El estado de ánimo de los héroes románticos. Berlioz te transporta a su época, a su instante, a sus escenarios enfebrecidos. Si algo tan formal e ideal como la música es apasionamiento y arrebato y vendaval en algún momento de su historia es con alguna música de Berlioz. Recuerden su Requiem ya tratado en este blog. Seguiremos con él.
Bueno. Esta canción-serenata es una de las más bonitas de la ópera del s. XIX. Poco conocida. La versión de Raimondi como Mefistófeles es insuperable. Perfecta, danzante, divertida. Devora cada compás con la fruición y el sarcasmo que requiere un texto malévolo que insinúa la pérdida de la pureza moral (paciencia, hay una introducción y empieza en el seg. 26):
No hay pocos casos de compositores contemporáneos de primera línea relegados de las salas de conciertos y por ende tanto por la crítica como por la musicología. Pero uno de los casos más flagrantes es el del checo Bohuslav Martinu.
Martinu fue uno de esos músicos totales que hizo de todo o casi de todo. Y entre esa extensa y hermosa obra destacan sin duda sus sinfonías. Decir de un compositor del s. XX tan prolífico que destaca por sus sinfonías es decir mucho porque es afirmar que está en una tradición que alcanza ya su culmen en el XVIII, pero que sigue a lo grande en el XIX y que se revitaliza de manera admirable y agónica en el XX, cuando parece revivir, con autores como Nielsen, Sibelius, Shostakovich, Lutoslawski, Prokofiev o Petersson.
Martinu presenta una virtud especial como sinfonista. Sabe dramatizar el material sonoro sin cargarlo de excesivo patetismo (esa constante de la música orquestal contemporánea). Casi es ‘ligero’ al lado de esos y otros ilustres colegas. Pero es ligero sin decaer en complejidad inventiva. Es uno de esos raros sinfonistas que sabe mantener un equilibrio entre sonoridad clásica y expresionismo moderno. No deja el nervio orquestal del XVIII siendo como es completamente contemporáneo en su forma.
De la primera a la sexta sinfonía, la serie completa, muestra una madurez musical redonda. Ese talento para hacer del ritmo, siempre metamorfoseado en diferentes timbres, transparente e intensa sucesión de motivos a veces apenas esbozados es su gran sello. Su tenso paisaje tonal está lleno de momentos de misterio y sorpresas armónicas, pero sin descompensaciones o caídas en convencionalismos. Y satura el material sonoro hasta un límite aceptable, nunca hasta la ampulosidad.
Martinu, como buen checo, celebra en cada uno de sus movimientos sinfónicos la alegría de lo orquestal con la maestría y la facilidad de quien se sabe privilegiado depositario de una tradición secular que muchos daban por terminada.
Que vuelva Martinu a las grandes salas.
Aquí el I movimiento de su Tercera Sinfonía, para mí una de las más brillantes, que empieza con ese ansia sincopada en las cuerdas que seguirá con un juego de no resolución perfectamente estudiado justo hasta el final. Igual más adelante pongo toda la serie: