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viernes, 12 de febrero de 2016

¡Milagro televisivo! (Gustavo Bueno V)



Acaban de emitir en la 2 de RTVE el documental de Héctor Muniente que anuncié en la entrada del 31 de agosto de 2015 (“Gustavo Bueno, otra vez”): Gustavo Bueno, la vuelta a la caverna.
Una hora de inteligencia, dignidad y respeto al televidente entre toda la morralla y tedio habitual de la tele española (incluyo, naturalmente, a las autonómicas, más cutres y vergonzosas que cualquiera).

Gracias a los programadores. En las grietas de los muros grises salen de vez en cuando inesperadas flores.

jueves, 11 de febrero de 2016

"Tempestades de acero" (III)



Jóvenes soldados inconscientes, raptados sin quererlo por la destrucción y sus obras, hijos de Marte y Dionisos:


“(…) En medio del camino yacía muerto un caballo; tenía unas heridas gigantescas y a su lado humeaban los intestinos. Entre aquellas imágenes grandiosas y sangrientas reinaba una jovialidad salvaje, inesperada.”

martes, 9 de febrero de 2016

"Anábasis de Alejandro Magno" (III)



Y Alejandro va a Troya para rendir culto a sus dioses y a sus héroes, y coge de un templo algo muy especial:


“ (…) Subiendo hasta Ilión, hizo un sacrificio en honor de Atena troyana, y ofreció al templo su armadura completa, y a cambio de ella tomó una de las armaduras dedicadas a la diosa desde la época de la guerra de Troya. Dicen, en efecto, que sus hipaspistas [hypaspistái, ‘portadores de escudo’, infantería de élite macedonia] siempre le llevaban estas armas cuando Alejandro iba a primera línea de combate. Cuenta la historia que Alejandro hizo un sacrificio en honor de Príamo sobre el altar de Zeus del Cercado [herkeios, se supone; o sea, de la casa] intentando aplacar la ira de Príamo contra el linaje de Neoptólemo, linaje del que él mismo era un epígono.”

domingo, 7 de febrero de 2016

Espacios sonoros (I). Morton Feldman.

No es habitual encontrar en la música contemporánea obras tan largas y con unas cualidades musicales tan inconmoviblemente sostenidas y fieles a sí mismas como las del norteamericano Morton Feldman. Hallamos, en todas sus piezas importantes, una sonoridad concentrada, ensimismada y hasta autista en su alucinada insistencia. Ha sido Feldman uno de los músicos contemporáneos (segunda mitad del s. XX) más obsesionados en la recreación de un tipo de espacio sonoro extenso, parco y severo. Pulsaciones de acordes (a veces de una variedad cromática inasumible para la memoria de un intérprete en una duración tan excesiva) que se dejan oír separadamente en modelos rítmicos lentos y repetidos hasta poner a prueba la bondad del oyente. Unos acordes que se transforman a base de modulaciones sutiles e inesperadas, semejantes al rastro de un olvido. En algunas declaraciones Feldman mencionaba el olvido como necesario para “borrar”, “limpiar”. Cada nota se aísla e su propio valor y de vez en cuando hay apariencia de enigmática cadencia. No sólo apariencia. Si hay repetición insistente de una nota es para no perderse en la desolación general. También hay tensiones y clímax… Pero todo queda sumergido en el misterio.
Es una música que podría evocar un pausado y larguísimo eco de campanas de duelo en un paisaje interminable. ¿Por quién el duelo?... Algunas veces habló de duelo el propio compositor y no pocas le preguntaron si ese duelo era por las víctimas del Holocausto. Pero, claro, Feldman sabía -precisamente por ser un judío al que le provocaba espanto estar en Alemania después de la guerra- que cualquier referencia al Holocausto podía ser de una insultante frivolidad y sus respuestas sobre el carácter doloso de su música eran del tipo: “No, mi duelo se refiere más bien a la muerte del arte; algo así como Schubert abandonándome.” Encantador. Aunque él se lo tomaba muy, muy en serio.
Algunos de sus cuartetos duran casi dos horas. Dos horas de exigencia. Hay sólo tres o cuatro personas en el mundo (aparte de los intérpretes) que los han escuchado, de verdad, enteros.

Ésta es una de sus obras más breves (Piano, 1977); por algo se empieza en el camino de la transfiguración:  


miércoles, 3 de febrero de 2016

Más sobre literatura y falsedades históricas



Podríamos contemplar, seguramente entre otros muchos, dos tipos muy enfrentados de ficción novelesca: el tipo que expone la realidad sin mentir sobre sus detalles y sus coordenadas histórico-políticas y presenta peripecias existenciales que intentan interpretar el mundo (o una parte de él) desde un punto de vista filosófico, y el tipo que obra torciendo hechos y tergiversando detalles sobre la realidad para conformar una ideología. Del primer tipo serían, entre las mejores novelas, El Quijote o La Montaña Mágica. Del segundo, buf, mares de ficciones tediosas, pero también excelentes, reconocidas y alabadísimas ficciones de talentos literarios como los de Dickens y Victor Hugo. Dos de los novelistas más leídos en el mundo desde la publicación de sus obras hasta hoy.
Pero qué manera de conformar la visión del mundo contemporáneo a partir de sus prejuicios de clase y sus fobias políticas anti-progresistas y anti-industrialistas que se mueven, sin perjuicio de su calidad expresiva, entre el folletón inverosímil y el panfleto grosero:...

Para urdir el potente patetismo de Los Miserables todo está sacado de quicio (para empezar, la condena de Jean Valjean era imposible en su época porque a la sazón su delito no estaba perseguido por la justicia y sí reconocido y registrado como robo por hambre; una falta completamente atenuada). Asimismo, para diseñar el paisaje sentimentalista de masas de obreros alienados y, sobre todo, muy, muy sucios y ennegrecidos Dickens pensó antes en cómo tocar la fibra sensible de las señoras solidarias y de los conspiradores profesionales de nuevo cuño, denigrando de paso la Revolución Industrial, que en la estricta observación de la realidad (la mejora de las clases pauperizadas en la Inglaterra de la época fue sustancial, y especialmente en lo que respecta a la higiene, a pesar de la dureza del trabajo). Dos visiones caricaturizadas del mundo que han quedado en el imaginario colectivo… y que son, básicamente, falsedades. Eso sí, como dicen, maravillosamente escritas.