La corriente separatista catalana,
alentada por unos cuantos políticos con vocación golpista, ha adquirido
recientemente y en progresión ascendente dejes y maneras de lo que podríamos llamar el peor indigenismo. Indigenismo en este caso ciertamente peculiar (se podría denominar ‘indigenismo
supremacista’) puesto que es a modo de segregación de un organismo (España o "Estado Español", como gustan decir) del cual forman parte secular desde la época visigótica (por no remontarnos a Roma) y, por consiguiente, de su posterior participación en la Reconquista y, por
tanto, del germen de la evolución de un Imperio, el Español de los ss. XV a XIX.
Bien, la cuestión que quería poner de
relieve fugazmente es ese esfuerzo último de segregación ideológica de los
independentistas recurriendo a los más zafios argumentos primitivistas,
esencialistas, xenófobos, en suma… como siempre, identitarios (porque eso es la identidad: xenofobia), que si bien hasta hace poco se medio disimulaban por vergonzosos ahora se
exhiben con vehemencia sin ningún pudor. Es como una vuelta al racismo indisimulado de los teóricos de la raza del s. XIX en el que aún se apoyan ciertas retóricas de 'los pueblos'.
En efecto, el
argumentario indigenista más reaccionario que en el mundo es contra el avance
de la política. De la política en el sentido más digno del concepto: acuerdo,
discusión, crítica y fijación de unos términos (que son las leyes) para el
mayor beneficio de todos o, si se quiere, para el menor daño.
El indigenismo no
busca el mayor beneficio de todos, sino cincelar un mundo a medida de los
dueños del lugar: eso es el Nacionalismo. Caciques, señores… y súbditos. El mundo
sublime primitivo. El mundo de los políticos independentistas catalanes. Venga, sólo les falta ponerse plumas y bailar alrededor del fuego purificador de su mito cuatribarrado frente a la masa de fanatizados adeptos.
Sería alucinante que, hoy día, en Occidente, Europa y como metrópoli democrática de una comunidad de casi 600 millones, España perdiera esta batalla. Vergüenza.
Sería alucinante que, hoy día, en Occidente, Europa y como metrópoli democrática de una comunidad de casi 600 millones, España perdiera esta batalla. Vergüenza.
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